¡AFLOJALE QUE COLEA!

¡AFLOJALE QUE COLEA!

¡Largá un poco! ¡Dale piola! ¡Aflojale que colea!

Le grita el “cuore”, a los saltos, a mis sueños de cometa,

cuando voy, por el recuerdo, desandando las veredas

que llevaban al potrero, al regreso de la escuela.

El cielo se abría, inmenso, sobre ese espacio de tierra,

mientras, a espaldas del viento y con mucho de destreza,

le daba vuelo a la “bomba”, que armaba solo, a la siesta,

con papel de barrilete, caña, engrudo, hilo y tela.

Mi viejo supervisaba, me indicaba cómo hacerla:

– ¡Medí los tiros! ¡Cuidado! ¡Porque, sino, viborea!

No tocaba ni el papel; él, nomás, estaba cerca,

– El barrilete… – decía – …es parte del que lo eleva –

Y cuando, allá, en lo más alto, la “bomba” estaba en su senda,

y el aletear de los flecos, me decía que era intensa

la brisa que sostenía el vuelo de mi cometa,

con firmeza y buena mano, la mantenía serena.

Ya con la tarde, en oscuros, cubriéndole al sol su cresta,

ovillando la traía, sin apurarle la cuerda,

como quien sorbe el placer de un licor que lo embelesa,

y en un último colear, caía pegando vueltas.

Hay días que, la memoria, no les conserva las fechas,

como aquél del fin del sueño de llegar a las estrellas,

porque, es de adultos dejar en la niñez la pureza,

apuntando al compromiso de vivir siguiendo reglas.

Pero, el niño que convive en mi interior, salta y juega,

cada vez que el carretel le da hilo a mi cometa,

por eso, es que el “cuore” grita, cuando el recuerdo se adentra:

¡Largá un poco! ¡Dale piola! ¡Aflojale que colea!

Norberto Calul Taller Literario “Almafuerte”

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