MIENTRAS LLEGA EL ACUERDO, EL VIENTO SOPLA CADA VEZ MÁS EN CONTRA

MIENTRAS LLEGA EL ACUERDO, EL VIENTO SOPLA CADA VEZ MÁS EN CONTRA

La Argentina, y sobre todo el gobierno, está a la espera del ingreso al Congreso, sería en la Comisión de Presupuesto y Hacienda de Diputados, del acuerdo alcanzado con el staff técnico del Fondo Monetario. Las versiones sobre el arribo de las carpetas son muchas, así como algunas dudas sobre su rápida aprobación. Quedan pocos días hasta el 22, cuando haya que pagarle US$2.800 millones al FMI. Si no hay acuerdo, claro. Es una carrera, como se dijo aquí varias veces, entre metas e instrumentos aparentemente irreconciliables. Y cada vez más alejados de las primeras voces oficiales.

Es verdad, hay que reconocerlo, que la realidad no juega a favor del oficialismo. Por caso, hubo un acuerdo para elevar las tarifas algo así como un 40%, atado no se sabe bien con que alambre al Coeficiente de Variación Salarial (CVS), a mitad entre el 20% del gobierno y el 60% que pedía el FMI. Suena razonable, y votable, en medio de una inflación superior al 50%.

Pero, siempre hay un pero. El año pasado, la Argentina importo 56 buques con gas licuado (se regasifica aquí) a US$8,33 el millón de btu (la unidad de medida del gas) por un total de US$1.096 millones. No suena como algo imposible de financiar. Sin embargo, este año el viento le sopló horrible: habrá que importar 69 buques a un valor que llegó hoy a los US$60 por millón de btu. Eran 8,33 y ahora son 60; 56 barcos vs. 69. Entre 7 y 10 veces más que el año pasado. A precio de hoy. No hay cálculo económico que resista ese golpazo. Ni tarifa que lo financie. ¿Habrá votos para aprobar otros aumentos?

Y se podrían citar otros ejemplos. Por eso, estimado lector, compartamos el siguiente escenario: menor crecimiento económico al esperado (hablar de recesión es arriesgado todavía), tasas de interés más elevadas, suba en el precio de las materias primas, inflación en ascenso y mayor déficit fiscal, entre otros fenómenos económicos. ¿Le suena a la Argentina? Posiblemente. Pero se trata de un breve pantallazo de lo sucede en la economía global, una especie de zona de baja presión, borrascosa, ciclónica, que puede producir fuertes vientos y tormentas. Y que repercutirá aquí.

Antes de la invasión rusa a Ucrania, una de las mayores preocupaciones era la inflación global, generalizada sobre todo en Estados Unidos y Europa, la previsible y anticipada suba de tasas de la Reserva Federal que finalmente anuncio Jerome Powell (un 0,25%) -y que fue recibida con una suba en Wall Street- y la rapidez de la recuperación económica que ponía en problemas a ciertas ramas de la logística, como el transporte marítimo. Pero el 24 de febrero, poco más de una semana, todo cambió.

En primer lugar, habrá un menor crecimiento económico global. En parte por una disminución del comercio internacional, por orientar parte de los recursos al esfuerzo bélico (ya sea para fabricar armamento o debido a las sanciones económicas impuestas a Rusia) y por el cierre de varios mercados al intercambio global. En este sentido existe un gran interrogante: China. Aliada de Rusia, con la que firmó un gigantesco contrato de provisión de gas, mantiene una posición muy prudente e incluso se pronunció por mantener la integridad de Ucrania. Un dato para entender porque interesa tanto Beijing: es el principal socio comercial de los Estados Unidos con un superávit en el intercambio muy importante.

En este momento habría que introducir un elemento que todavía no se siente, pero que puede ser importante: el esfuerzo bélico puede impulsar a varios países a un mayor gasto público. El déficit fiscal, luego de los desequilibrios generados por la pandemia, podría incrementarse. Y se financiarían con deuda a tasas más altas. Así, subir las tasas de interés para combatir la inflación podría ser un elemento que lleve todavía más arriba el rojo de las cuentas públicas. Y la inflación.

Por otra parte, Rusia es el mayor proveedor de energía, básicamente gas, de Europa. Y sobre todo de Alemania, que tiene el 40% de su matriz energética basada en la importación desde Moscú. No es descartable algún tipo de actitud, accidental o como parte de la guerra, que limite ese abastecimiento. Más allá de las sanciones, claro. Y como la billetera alemana es mucho más potente que la local, conseguir gas será más difícil que caro.

Esto nos lleva al aumento de las materias primas. Ya hablamos del gas y el petróleo casi duplicó su valor. Pero las subas incluyen minerales como el hierro, cobre y aluminio; y commodities como trigo, harina, maíz y, previsiblemente, la cadena alimenticia que depende de esas materias primas. La inflación se agudizará en el mundo y también le pegará a la economía local. Y a la hora de comprar insumos básicos en el exterior para mantener la recuperación de la producción local, uno puede adivinar quienes tendrán la prioridad.

En este marco, suena más complicado achicar el déficit, emitir menos pesos y colocar más deuda en el mercado local, como estaría escrito en el acuerdo con el FMI. Y el combo se siente: cayeron los bonos y subió el riesgo país que sigue superando al de Ucrania. Y podríamos quedarnos horas con metáforas climáticas y marineras. Sin embargo, hay una buena para el gobierno: ya existe otro culpable para la crisis. En épocas de vacas flacas no es poco.

Escribe: Oscar Martínez (Clarín Bolsillo)

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